Así como el hombre que quiere tomar por asalto una fortaleza
no puede hacerlo con palabras, sino que debe consagrar
todas sus fuerzas en esto, así también nosotros
debemos cumplir nuestra tarea de silencio.
Jacob Frank, Las sentencias del Señor
Se escribe mucho sobre estos tiempos, y se habla aún más. Sobre todo, parece ser que se aspira menos a ser entendido. Y es que en esto los motivos faltan. Que los hay, sin embargo. Es necesario que los haya. Pero uno intuye que son, en su mayoría, poco confesables. En cuanto a aquellos que lo son, terminan siempre por ceder a la necesidad de anunciarse, y entonces hacen reír. La única excepción a esta regla es la Metafísica Crítica en términos generales, en términos en que nosotros, como tantos otros, nos sometemos a ella, en el único término, finalmente, que conviene a la enormidad de su objeto. Se añade incluso la mayor severidad a su exigencia de ser escuchada; un cierto tono imperioso es puesto cuando se trata de derribar un orden que reposa sobre el sufrimiento de los hombres, y lo perpetua. Es en la estricta medida en que ellas contribuyen a definir, en condiciones renovadas, las modalidades y las posibilidades de una crítica práctica eficaz, que las fracciones conscientes del Partido Imaginario pueden ejercer el derecho más insolente a la atención de los hombres. El capitalismo produce las condiciones de su superación, no su superación misma. Ésta depende antes bien de la actividad de algunos que, habiendo habituado su mirada a discernir, bajo los señuelos groseros de la dominación, la geografía verdadera de la época, concentran sus fuerzas, en el momento oportuno, sobre el punto más vulnerable del conjunto. Entre los seres que nos encontramos, nosotros no apreciamos ninguna otra cosa tanto como esta fría resolución para arruinar este mundo.
Cuando el cretinismo dominante se pone a mostrar un poco de dialéctica, y alaba descaradamente la formidable plasticidad de este capitalismo que ha sabido tomar como base de su última modernización la derrota misma de su contestación, cuando llega a hablar sobre este tema, en su furia de reconciliación, de “astucia de la Razón”, nosotros imaginamos sin pena el objeto real de su admiración, y es más bien que, al mismo tiempo, su contestación ha sido cotidianamente incapaz de apoyarse sobre la avalancha ininterrumpida de los fracasos de esta modernización. Durante el curso de los últimos veinte años, la reconducción mecánica de métodos inoperantes y de fines mal clarificados dentro de las sucesivas campañas de agitación social ha tenido en todas partes razón sobre la “actividad crítico-práctica”. En muchos de los casos, ha terminado por hacer de ella una variante simplemente vanguardista del trabajo social. se ha incluso condescendido a gratificar con un nombre ese sector especial de la producción general en que se es tan parcamente remunerado: los “nuevos movimientos sociales”. Más que una referencia al esponjoso Touraine, nosotros vemos en esta expresión una ironía singularmente cruel, desde que se intenta designar algo totalmente viejo, y cuyo calificativo de “movimiento” es aplicado a un tipo de agitación que no tiene ni sentido ni dirección. No podría haber sido humanamente concebido hasta qué punto la monstruosa subsunción mercantil ha conseguido extinguir toda negatividad dentro de la crítica social, antes de que Toni Negri describiera con un entusiasmo no fingido al militante del futuro como un “empresario biopolítico inflacionista”. En ninguna parte del campo de los enemigos de la dominación se han evaluado las reformas que ha puesto en marcha comprometiendo la amplitud de sus metamorfosis. Que el tirano ya no extraiga su poder de su facultad para hacer callar, sino de su aptitud para hacer hablar, que haya desplazado su centro de gravedad del dominio del propio mundo al control sobre el modo de develamiento del mismo, he aquí lo que exige algunas revisiones tácticas, he aquí lo que ha desposeído poco a poco a las fuerzas de oposición del sentido de su acción. Cuando se dignen a colocarse dentro de nuestra óptica, todos aquellos que han creído poder cambiar el mundo sin ir tan lejos como para interpretarlo, todos aquellos que no han querido ver que operaban dentro de unas condiciones radicalmente nuevas, verán que al fin y al cabo no han hecho más que servir a quien ellos pensaban desafiar. Los cuantos grupúsculos de histéricos que trabajan para conservar esa especie de guerrilla social de baja intensidad que canturrea obstinadamente alrededor de los “sin papeles” o de la lucha “anti-Frente Nacional”, muestran bastante bien cómo la negación del Espectáculo devuelta como espectáculo de la negación puede formar el soporte de un proceso colectivo de catarsis sin el cual el presente estado de cosas no podría sobrevivir. Al desencadenar en y contra sí su Terror de la denominación, la dominación ha hecho incluso de su pseudo-contestación la punta de lanza de su perfeccionamiento ideal. Hasta tal punto que ya no hay verdaderamente diferencia entre estos dos partidos que, en el fondo, quieren el mismo mundo, con la excepción de que uno tiene los medios de aquello de lo que el otro no tiene más que el sueño. No hay, en este asunto, asunto por moralizar, sino solamente lecciones por sacar, de las cuales la primera es quizá que el Espectáculo no reconoce como oposición realmente existente más que la que acepta hablar, es decir, hablar su lenguaje y por ello suscribir a la alienación de lo Común. En toda discusión, es el que escucha quien impone sus términos, no el que habla. Es así que la hostilidad verdadera, la hostilidad metafísica, que no se deja controlar ni la lengua ni la hora en que ella debe expresarse, y que prefiere aún más el silencio a toda palabra, ha sido rechazada hacia la penumbra de aquello que, mientras no aparece, no es. Por medio de esta ofensiva en forma de retirada, el capitalismo de organización ha descarrilado el conjunto de las fuerzas de crítica efectiva, a la cual ha ahogado en el resto de su ruidoso parloteo y adaptado en el lenguaje de la adulación, no sin haberla previamente privado de todo punto de aplicación real. Todo lo que en ella prolongaba de alguna manera el movimiento obrero clásico no podría más que sucumbir a estas condiciones inéditas en que ya no es lo falso lo que limita lo verdadero, sino lo insignificante. De hecho, al poco tiempo, no ha subsistido ya ninguna contestación práctica, más que el psitacismo unanimista del “¡Todos juntos!”, por un lado, y por el otro, el autismo mudo de una acción directa cortada de toda vida sustancial. Una vez que el segundo partido fue liquidado —quizá el participio pasado “exterminado” convendría mejor en algunos casos, como el de Italia, cuyo salvajismo en este caso tiene algo ejemplar—, el primero se abandonó a su inclinación natural: la repetición para ocultar la afasia y la afasia para ocultar la repetición. Al deteriorsarse en un lamentable practicismo del resentimiento, la práctica también se ha concienzudamente desacreditado como la teoría al refugiarse en el teoricismo y la literatura. Como resultado, nada ha podido oponerse al proceso de restauración que, desde la mitad de los años 70, ha barrido todo aquello que se sabía hostil a la sociedad mercantil. Con el tiempo, el Espectáculo ha conseguido circunscribir lo posible por medio de lo que es decible dentro de unos términos que él vuelve hacia su única autoridad, de ahora en adelante, para definir. A pesar de una formidable acumulación primitiva de frustración, sufrimiento y angustia en la población, durante el curso de todo este tiempo la crítica no ha conseguido nunca manifesarse. Ha permanecido sin voz ante el avance del desastre. Ha tenido que dejar al adversario jugar con la impudencia de sus propios fallos. Es así como el Espectáculo ha podido hacer de la pulverización progresiva de los Estados-Nación y del descrédito universal de los sistemas de representación política, la farsa que conocemos, y que cada día agrega a su interminable infamia. Ha obtenido de todos que se le deje ejercer en paz su violencia simbólica, y de cada uno que la soporte como algo natural y quimérico a la vez. No cabe duda de que hay, de vez en cuando, algunas erupciones locales que vienen a perturbar este mimodrama fatigado, pero los cimientos de la dominación están tan seguros que ésta puede permitirse mirar con desprecio la indelicadeza de aquellos que, al obligarle a una represión demasiado visible, la obligan a recordar lo que todos saben: que es sobre un estado de excepción permanente que reposa el estado de derecho, y que la dominación no es siquiera, en estos momentos, más que esto. En este contexto de guerra social muda, en la que “como en todo período de transición, vemos surgir esa escoria que existe en toda sociedad y que, no solamente no tienen ningún objetivo sino que está incluso desprovisto de cualquier rastro de idea y se esfuerza únicamente en expresar la inquietud y la impaciencia” (Dostoievski, Los demonios), todas las “luchas sociales” han resultado insignificantes. Para aquellos que las han vivido desde el interior, no hay una que, desde los desórdenes de 1986 hasta el “movimiento de los parados”, no haya vaciado de toda sustancia y de todo contacto con lo real por medio de un activismo para-trotskista de subprefectura que, de manera recurrente, “se deja arrastrar en la corriente a la que cree o pretende oponerse: el instrumentalismo burgués, que fetichiza los medios porque su propia práctica no soporta reflexionar sobre los fines” (Adorno, Notas marginales sobre teoría y praxis). Y sin embargo, en la ruina total de las instituciones, al igual que de su contestación, queda algo poderoso, nuevo e intacto: la hostilidad existencial a la dominación.
Más allá de estas matanzas, suicidios y desajustes diversos, todos estos actos extraños que nos dan tantas noticias alentadoras sobre el estado de descomposición de la civilización mercantil, y consecuentemente sobre el sordo avance del Partido Imaginario, otorgamos la más alta importancia a las formas de manifestación de la negatividad que intervienen la nueva gramática en acto de la contestación. Hay una entre ellas que, en los últimos meses, nos ha particularmente emocionado: la de los “antagonistas de Turín”. Los acontecimientos que relatamos aquí se escalonan sobre una semana, durante la cual Turín se ha encontrado sumergida en un terror de una naturaleza totalmente diferente al terror calculado y rentable, al Terror gris que hace estragos como de costumbre en las metrópolis de la separación.
Todo comienza el viernes 27 de marzo de 1998, día al amanecer que Edoardo Massari, anarquista de 34 años, se cuelga en su celda de la prisión de Turín, donde había sido debidamente encarcelado el 5 de marzo con su novia y un camarada. se los suponía culpables —es la menor de las cosas, a pesar de todo, cuando uno tiene que vérselas con anarquistas— de varios atentados contra la construcción del tren de alta velocidad italiano; todos actos de ecoterrorismo que tenían el error de exasperar gravemente un cierto número de lobbies industriales y mafiosos cuyos intereses estaban implicados en ese proyecto grandioso cuya necesidad no ha escapado a nadie. Ese “suicidio” abría tenido que ir a tomar sensatamente su lugar en la larga lista de los asesinatos de Estado, de los que se prefiere dejar el establecimiento de dicha lista a los cuidados escrupulosos de los historiadores del próximo siglo, pero para la cual ya sabemos que Italia puede enorgullecerse de un honorable palmarés. Desgraciadamente, el así llamado Massari pertenecía a la pequeña comunidad de los “centros sociales” turineses, cuya reacción no había sido parametrada en los modelos de simulación de la dominación. Es así que, al día siguiente, los consumidores-ciudadanos tuvieron toda la razón de quejarse de ese desfile silencioso y hostil de centenares de anarquistas-con-cuchillo-entre-los-dientes y demás autónomos-con-barras-de-fierro que venían a oponerse a los bellos retozos abigarrados de uno de esos risueños sábados por la tarde de consumo enfiestado, obstinándose pesadamente a recorrer el centro urbano bajo su única banderola “Assassini”, y a montarse sobre el techo de los autobuses para leer un comunicado que sin duda parecía insinuar que todos los Bloom agrupados allí eran cómplices de ese asesinato, prometiendo también que “por su error, dentro de una hora (de ese momento), la vida de esta ciudad de muerte no sería la misma”. Además de sus invectivas plenas de animosidad que dirigían a los transeúntes inocentes y aterrorizados, ellos incluso darían una golpiza a un camarógrafo de la Rai, a un fotógrafo y a un cronista de la Repubblica, tomando también sus instrumentos de trabajo, que ellos redujeron metódicamente a su estado primitivo de componentes electrónicos. No contentos con haber movilizado así a una Italia al fin pacificada de las horas más negras de los años de plomo y de la guerrilla urbana, a la cual todos habían hecho lo mejor para olvidar, lincharon esta vez, el jueves 2 de abril en Brosso, poco antes de ir a escuchar el sermón tendencioso de obispo de Ivrea que comparaba a Massari con el Buen Ladrón, al periodista que lo había denunciado. Ese día, pasaron verdaderamente los límites de lo razonable, molestando indiferentemente a los cronistas de los periódicos de derecha, al igual que de extrema-derecha y todos los representantes de los medios de comunicación, sin distinción de partido, haciendo incluso pedazos el coche de uno de ellos. Pero la atracción principal fue ciertamente esa manifestación del sábado 4 de abril, donde siete mil de esos “antagonistas” sin escrúpulos venidos de no se sabe dónde desfilaron con el mismo silencio malo que la primera vez, pero en una tensión extrema ahora, destruyendo tranquilamente y sin una palabra vitrinas, carros y cámaras, manchando los muros con tonterías tales como “te quemaremos McDonald's”, atacando con adoquines el Palacio de Justicia y sembrando el espanto entre los honestos citadinos. El sociólogo Marco Revelli pudo asegurar cuanto quiera que “la ciudad debe comunicarse con ellos, considerarlos como un recurso y no como unos enemigos” (La Repubblica, 30 de marzo), pero cómo pretenden hablar con unas personas que se callan, que han recurrido a la violencia, al terrorismo, y que “detestan esta sociedad pero no se proponen cambiarla”, así como lo ha señalado con precisión Piero Fassino. Es más o menos de esta manera que, en su mayoría, los medios de comunicación y los Bloom han reaccionado ante estos nuevos testimonios del “desasosiego de la juventud”. El diputado Furio Colombo resume bastante fielmente el innoble estupor al que han sido precipitadas las buenas personas: “Ésta es mi ciudad, así que conozco la historia. Y sin embargo no puedo explicarlo. Un cortejo de extraños, de jóvenes que nadie ha visto jamás, con los cuales nadie ha hablado, atravesaba las calles de la ciudad y la gente percibía claramente el peligro. […] El cortejo estaba mudo, y sin embargo portaba los signos físicos de una amenaza inexplicable: […] palabras de las que no captaban el sentido los transeúntes, pero que sentían la hostilidad. Quien los haya visto de cerca te dirá que son ‘jóvenes’, pero no ‘nuestros jóvenes’. Se han instalado aquí pero no vienen de son de nuestros hogares. La impresión es que vienen de lejos. ¿Cuán lejos? La distancia aquí no se mide en kilómetros. Ésta es una distancia interior, algo que no se comprende más que con el espíritu. […] En mi ciudad limpia, impecable, recién pintada, aterrorizada, un cortejo de invasores desconocidos…” (La Repubblica, 2 de abril)
Sin duda, el valor moral de los hombres no es extraño a la manera en que reaccionan ante el anuncio de semejantes hechos. Quien no puede reprimir su rencor de esclavo no es el mismo que dirige un signo imperceptible de inteligencia. Por nuestra parte, ésta fue una de esas alegrías que nacen en la profundidad particular en que lo que es contado no es solamente escuchado, sino comprendido desde el interior, como si lo que ocurrió hubiera pasado a través de ustedes. Nosotros, metafísicos-críticos, pretendemos fundar sobre esa psicopatología un método de análisis que, radicalizando el sentido de ciertas manifestaciones y sustrayéndolas de su elemento temporal, ponga al desnudo la verdad de la época. No es más que al término de una ampliación tal de la visión que podemos certificar que esa semana un velo de Maya ha palidecido en el mundo del Espectáculo, o que con esos “antagonistas”, es el tiempo de las revueltas sin rodeos lo que avanza, el tiempo de las revueltas ilógicas que será sin duda preciso, a su vez, masacrar. El enemigo se ha hecho ver, se manifiesta y ha sido reconocido como tal. Esta sociedad sabe en adelante que porta en sus flancos unos hombres que, si bien están haciendo algo, no hacen nada que participe de ella, que más bien ponen colectivamente en causa su derecho a la existencia. En ese momento, el Espectáculo ha tenido que constatar brutalmente el fracaso de su campaña de pacificación. Ha sido arrancado de su neutralidad de fachada por aquellos mismos que él pensaba haber sepultado definitivamente bajo un derroche de condicionamientos, y para los cuales había incluso preparado una prisión plena de privilegios como para que los hombres terminaran por soñar que no estaban nunca confinados: la “juventud”. Él ha descubierto, en el mapa familiar de las ciudades que había distribuido de acuerdo a sus planes, y donde había incluso podido componer “centros sociales autogestivos” y demás “zonas liberadas” para “individualidades rebeldes”, un caos de ruinas solidarias traspasado por innumerables enclaves, donde uno no se contenta con vivir, sino que también conspira contra él. El Espectáculo creía que bastaba con ocultar la negatividad para sofocarla, pero esto la ponía justamente al abrigo del control mimético de los comportamientos, que determina las zonas de sombra al igual que los últimos espacios en que pueden realizarse formas de existencia libres. Pero el carácter más inquietante de este nuevo pueblo del abismo, puesto que es así como él lo describe, es que la crítica que él opera es en primer lugar la afirmación de un ethos extraño y ajeno al Espectáculo, es decir, de una relación herética con la experiencia vivida. Parece ser que hay, en este territorio que él creería cuadriculado, repliegues en que las relaciones no son mediatizadas por él, en que, en otras palabras, el monopolio de la producción del sentido no le es solamente contestado, sino incluso local y temporalmente retirado. Y se concibe que sean un peligro sin medida para el Espectáculo aquellos que consigan relacionar —lo que sólo sobreviene raramente en esas “zonas autónomas”— una teoría crítica de la sociedad mercantil con la experimentación efectiva de una socialidad libre, porque ellos son la realización parcial hic et nunc de una utopía concreta y ofensiva. A veces sucede que algunos individuos se desprenden del corsé de los códigos y comportamientos reificados prescritos por la tiranía de la servidumbre; la dominación habla entonces de talento, locura o, lo que regresa a lo mismo, desviación criminal, pero si un fenómeno tal se presenta bajo los rasgos de una comunidad, la dominación se descubre brutalmente sin recurso, es decir que se decide a librar la batalla siguiendo las no-reglas de la hostilidad absoluta, en las cuales el enemigo es siempre lo no humano. Este procedimiento será aquí más doloroso que en otra parte, porque es a sus propios hijos que tendrá que desterrar de la humanidad, pues no se dejan vender en el mercado. Así pues, en Italia, allí donde las condiciones eran las menos propicias, el Partido Imaginario se ha manifestado en cuanto tal. Éste es un acontecimiento que no está totalmente desprovisto de importancia, porque con él, son todas las formas tradicionales de la contestación las que llevan consigo algo provincial y refinado.
Aquellos que se alegran simplemente porque un estado tal de guerra les devuelve la fe en la posibilidad de nuevas epopeyas no van más allá de un grado de comprensión superficial de lo que ha pasado allí. Porque los “antagonistas” de Turín han hecho mucho más que unos daños, linchamientos o gente asustada: han abierto el camino hacia el cruce de la línea, hacia la salida del nihilismo. Al mismo tiempo, han forjado las armas que llevan más allá de él. Se reconoce el cruce de la línea en que las manifestaciones a las que se estaba acostumbrado se ven de golpe afectadas por factores inéditos. Así, el silencio de los antagonistas no es ya la afasia tradicional de los contestatarios izquierdistas, ni la del Bloom, sino una cosa cualitativamente nueva. Por lo demás, la notable y muda tensión que han suscitado a lo largo de sus desfiles debe ser esencialmente comprendida como enfrentamiento de dos tipos de silencios radicalmente extraños y ajenos respectivamente. Por un lado, hay un silencio natural, negativo y, para decirlo claramente, animal de la locura solitaria de los Bloom que nunca expresan nada suyo propiamente, nada que el Espectáculo no haya podido decir, el silencio de la masa inorgánica de los consumidores arrodillados ante lo que no les ha solicitado hablar, sino responder cuando se les habla, el silencio del rebaño de los que creen poder regresar apaciblemente a ser nuevamente sólo los representantes de la más inteligente de las especies animales, puesto que ya no hay hombres que den testimonio de su colapso. Por el otro, el silencio estratégico, pleno y positivo de los “antagonistas”, desplegado como dispositivo táctico para manifestar la existencia de la negatividad, para hacer irrupción en la visibilidad sin dejarse paralizar en la petrificante positividad espectacular. (Quizá tenemos que precisar aquí que había para ellos una necesidad vital de aparecer: la de romper el asedio al que la dominación los había sometido, y que los amenazaba con la misma suerte que Massari y de aquellos que Nanni Balestrini llama los invisibles: la discreta eliminación física, en la unánime indiferencia, de aquellos a quienes la Publicidad nunca había reconocido la existencia.) Pero parece ser que decimos que los “antagonistas” habrían, tras madura deliberación de un estado-mayor omnisciente, escogido el silencio. Ahora bien, nada es más falso: ellos estaban acorralados por las modalidades objetivas de la dominación. Y es precisamente porque estas modalidades se han generalizado en el conjunto de las sociedades industrializadas que amerita nuestra atención la manera en que el silencio ha cambiado de carácter entre sus manos y se ha transformado en instrumento ofensivo. En efecto, en unas condiciones en que el modo de develamiento de toda realidad, la Publicidad y la esencia lingüística del hombre se encuentran radicalmente enajenadas en una esfera autónoma que posee el monopolio de la producción del sentido, el Espectáculo, no hay nada que el simple hecho de ser explicitado no exponga a ser metabolizado por él, con tal de que esto sirva a sus fines. Los “antagonistas” son los primeros, e importa poco que hayan tenido o no una consciencia clara, que han sacado las consecuencias prácticas de esta situación. Al rechazar tener recurso a cualquiera de los códigos, a cualquiera de las significaciones admitidas, gestionadas y controladas por el ocupante, y al manifestar este rechazo, ellos han establecido en los hechos que, allí donde reina el Espectáculo, el silencio es la forma de aparición necesaria de la contestación verdadera, del Partido Imaginario. Han llevado a la existencia lo que los espíritus lúcidos, como el Jünger de Sobre la línea, habían ya observado: “Los actuales tiranos —escribe— no tienen ningún miedo de aquellos que hablan. Esto pudiera ser posible todavía en los buenos viejos tiempos del Estado absoluto. Mucho más temible es el silencio — el silencio de millones y también el silencio de los muertos, que día a día se hace más profundo y que no acallan los tambores, hasta que se convoque el juicio. A medida que el nihilismo deviene normal, son más temibles los símbolos del vacío que los del poder.” No obstante, el silencio oportuno no deviene máquina de guerra más que deviniendo consciente. Toda su eficacia está suspendida a condición de que se conozca a sí mismo como dispositivo metafísico-crítico de sabotaje dirigido contra el triunfo de la positividad y la conjuración por el olvido del Ser. “Para poder callar, el Dasein debe tener algo que decir, esto es, debe disponer de una verdadera y rica aperturidad de sí mismo. Entonces el silencio-guardado estalla y acalla el se-dice”, apuntaba el viejo canalla en su jerga.
El silencio de una rabia infinita posee un poder de pavor aún no iniciado y del que estaríamos equivocados, en los años por venir, de no soñar con dar algunos bellos ejemplos. En este caso, este poder tiene tan impresionado al Espectáculo que el filósofo-para-Jovencitas Umberto Galimberti se dispuso de inmediato a escribir un epílogo sobre “El silencio de los okupas”, deplorando en gran medida el “colapso de la comunicación” (como si la comunicación hubiera jamás existido verdaderamente en el marco del mundo moderno, como si ese silencio no perturbara precisamente por la única razón de que ha tomado nota de la nada de esa comunicación), vaticinando sobre la miseria de la época y la indigencia de “la política” (como si la política hubiera jamás sido, como instancia separada, otra cosa que una miseria). Hubo también sociólogos y políticos electos a favor de llamar de manera suicida al “diálogo” con estos “nuevos bárbaros”. Y es que esos carroñas han presentido, con el instinto seguro de quien sabe que tiene todas las perder en el fin de la enajenación, que por su silencio los “antagonistas” estaban tras algo que es, en buenas manos, apto para hacer volar en pedazos una organización social agusanada: lo indecible. Porque al manifestar su silencio, ellos han llevado a la Publicidad no algo, sino la pura potencia de hablar, un decir emancipado de lo dicho y más originario que él, es decir, lo indecible mismo: el hecho de que el lenguaje sea. Al hacer escuchar y ver la nada, ellos han conseguido llevar la visibilidad a la visibilidad en cuanto visibilidad o, en los términos de Heidegger, “llevar la palabra a la palabra en cuanto palabra”. Han impuesto a la dictadura de la presencia —que asegura que lo que es tú no lo eres— constatar que esto es la realidad misma, en cuanto ella es verdaderamente vivida. Por ello, han obligado a la visibilidad a tomar lugar dentro de sus límites, y han arruinado la ilusión de su neutralidad. El Espectáculo ha tenido que reconocer una exterioridad, una trascendencia; se la ha descubierto en esta confesión fatal: “En efecto existe lo inexpresable. Lo que se muestra.” (Wittgenstein) Al mismo tiempo, el Espectáculo ha devenido visiblemente lo que esencialmente era: un partido en el desenvolvimiento de la guerra social. Al imponerle el silencio, a hacer callar a puñetazos su inagotable parloteo, los “antagonistas” lo han vuelvo problemático; ahora bien, esto es su pérdida. Desde el momento en que la enajenación de lo Común se ha encontrado proyectada como tal hasta el centro de éste, sus días están contados. (La prensa puede bien dar gritos de indignación cuando algunos de sus esbirros sean golpeados y cuando nadie la escuche al llamar al sacrosanto principio de la libertad de expresión, porque ya no cabe duda, para nadie, de que esa libertad ha devenido desde hace mucho tiempo la del tirano, y esa expresión la de su bajeza.)
Pero la parábola de Turín es portadora de otras buenas noticias, como la del fracaso de la dominación allí mismo donde había concentrado todas sus fuerzas: en el mantenimiento en suspenso de todas las grandes cuestiones. Ésta es una eventualidad de la que la dominación debía tener una intuición confusa, de otro modo ella no habría tomado, en las últimas décadas, el rostro ingenuo y diabólico de un amontonamiento siempre más frenético de distracciones y mercancías culturales. De hecho, parece ser que la neutralización de las contradicciones sociales no tiene otro efecto que hacerlas pasar poco a poco sobre un plano superior en que ellas se radicalizan en furores metafísicos. Pero entonces ya no subsisten grandes cuestiones: aquellos que han encontrado la respuesta al problema de la vida se reconocen a sí mismos en esto, desde que, para ellos, el problema ha desaparecido. Ésta es la promesa de violencias sin medida de las cuales estos “antagonistas” forman la proa, ellos a quienes regresa la gloria terrible de haber restablecido lo indecible en el corazón de lo político. Entre los dos partidos, dentro de los cuales han provocado, por su simple presencia, la cristalización inmediata, entre el Partido Imaginario y el Espectáculo, no hay nada que pueda resolverse con palabras, nada que pueda hacer el objeto de una discusión cualquiera; sólo hay una hostilidad existencial y total. En todos los sentidos, la existencia de uno es la negación absoluta de la existencia de otro. Son dos campos entre los cuales no hay meramente una diferencia de opinión, sino de sustancia; lo que ha sucedido en Turín forma una evidencia sensible de esto. Uno es el cúmulo anómico de las mónadas que “no tienen ventanas por las que pueda entrar o salir algo” (Leibniz), la nada por acumulación de la humanidad, del sentido y de la metafísica, el desierto del nihilismo y de la indiferencia pura por el cual “la idea de muerte ha perdido toda presencia y toda fuerza plástica” (Benjamin, El narrador). Otro, la comunidad en duelo, la comunidad del duelo para la cual el acto de morir es “el acto más público de la vida individual, y un acto altamente ejemplar” —los animales son los que no saben acompañar a los suyos hacia la muerte—, que concibe la pérdida de un solo ser como la pérdida de un mundo y en la que cada uno toma “sobre sí la muerte del prójimo como la única muerte que (le) concierne […], que (le) pone fuera de (sí) y es la única separación que puede abrirle, en su imposibilidad, a lo Abierto de una comunidad” (Blanchot, La comunidad inconfesable). Uno permanece más acá del nihilismo, otro se mantiene ya más allá. Entre los dos, está la línea. Y esta línea es lo indecible que impone el silencio. La reivindicación máxima no se deja formular.
Los años pasan, y vemos al Espectáculo obstruirse con una cantidad creciente de manifestaciones curiosas y brutales a las cuales no consigue ordenar ningún sentido, ni encontrar nombre que satisfaga su espíritu de clasificación. Esto es un signo seguro de que este mundo está cruzando poco a poco la línea. Hay sin duda otros más. Así, los últimos hechizos de la mercancía fracasan cada vez más para perdurar más allá de algunas semanas, y es necesario encontrar algunos nuevos, cuyo nacimiento está ya rodeado de escepticismo. Nadie consigue ya creer en las mentiras de los demás ni en las suyas propias, incluso si esto hace permanecer el secreto mejor guardado, al mismo tiempo que el más compartido. Los goces de edad indefinida se desnudan de su atracción milenaria, y lo que hace poco era objeto de una codicia universal ahora ya sólo inspira un desprecio fatigado. Para encontrar un polvo de los placeres pasados, hace falta de aquí en adelante desencadenar fuerzas y efectos que nadie haya pensado hasta entonces poner en obra para tan pobres designios. Su fatalidad propia acarrea al consumo hacia formas más extremas, que nadie distingue ya del crimen más que por el nombre que se les da. Al mismo tiempo, un paisaje de catástrofes se instala inexorablemente, en medio del cual la participación en las últimas metamorfosis del nihilismo ha terminado por perder todo su encanto. Por todas partes se desmorona el sentimiento de la seguridad antigua. Los Bloom viven en un estado de terror que nada puede igualar, excepto tal vez el amontonamiento monstruoso de las metrópolis, en las que la asfixia, la contaminación y la promiscuidad envenenada parecen sólo ser capaces de procurarles el sentimiento de un refugio. Cuando lo tomamos separadamente, vemos que el temblor del Bloom ha alcanzado ese punto en que se altera en un estado general de forclusión e incredulidad, que lo excluye para siempre del contacto con el mundo. Y es entonces, incluso cuando ya no queda nada, en las zonas que permanecen en el imperio del nihilismo, que no sea animado por un deseo secreto de autodestrucción, que vemos aparecer, de tarde en tarde, desapego tras desapego, el ejército de quienes han atravesado la línea, de quienes han aplicado el nihilismo al nihilismo mismo. De su estado anterior han conservado el sentimiento de vivir como si estuvieran ya muertos; pero de este estado de indiferencia respecto al hecho bruto de vivir, ellos extraen la fórmula más grande de soberanía, de una libertad que ya no sabe temblar ante nada, porque saben que su vida no es más que el sentido que ellos consiguen colectivamente darle. La dominación no teme a nada tanto como a estas criaturas puramente metafísicas, a estos maquisards del Partido Imaginario: “Como nunca existen hoy hombres que no temen a la muerte, infinitamente superiores también al máximo poder temporal. Por eso tiene que ser extendido el miedo ininterrumpidamente.” (Jünger, Sobre la línea) Ante los ojos vítreos del Espectáculo, este renacimiento, este nuevo aflujo de ser, se presenta como una recaída en la barbarie, y es bien cierto que se tiene la tarea de un retorno de las fuerzas elementales. Es igualmente cierto que, en el marco de la enajenación cibernética universal, su modo de expresión propio es la brutalidad más ininteligible. Pero esta violencia se distingue de todas las demás manifestaciones criminales, porque ella es esencialmente una violencia moral. Y es precisamente en la medida en que es moral que es también muda y calmada. “La verdad y la justicia exigen la calma, pero no pertenecen más que a los violentos” (Bataille, La literatura y el mal) (no han faltado los viejos trotamundos de la abyección asombrados por cómo incluso alguien que fue testigo de toda la violencia política de los años 70 y trabajó por la buena causa, por el Manifesto, recibió una paliza por parte de los “antagonistas”; y concluye de ello con un solo trazo que fue una banal “violencia apolítica”. Claramente ciertas vidas no predisponen mucho de sí mismos para comprender lo que una violencia hiperpolítica puede significar). Que sea nuevamente posible designar con certeza a los cabrones, y a sus cómplices, dice bastante cuánto se aleja el nihilismo detrás de nosotros. Cuando entre los hombres que no se dignan a escuchar a nadie excepto al obispo de Ivrea, reaparece la ley del Lynch, nosotros sabemos que lo serio de la historia festeja su retorno sangriento. Ha pasado el tiempo en que un Sorel podía observar que “la ferocidad antigua ha sido remplazada por la astucia”, incluso si hay todavía “muchos sociólogos para estimar que había allí un progreso serio”. Esto se señala por la deformación que ha sufrido en las últimas décadas el concepto mismo de “violencia”, que designa actualmente de una manera genérica todo aquello que extrae el Bloom de su pasividad, comenzando por la historia misma. Como tesis general, a medida que lo arbitrario de la dominación se vea más amenazado por lo arbitrario de la libertad, la dominación tendrá que calificar como “violencia” todo aquello que se oponga prácticamente a ella y que la misma se disponga a triturar; todo esto mientras se dice ella misma abierta al “diálogo”, entre tres carros de antidisturbios. Y es precisamente porque no hay diálogos sino entre iguales que la liquidación completa del universo del discurso cerrado, de la infraestructura espectacular y de todos los retransmisores de la Publicidad alienada constituye la condición previa absoluta que únicamente puede restaurar la posibilidad de la discusión verdadera. Antes de esto, todo es habladuría solamente. Asimismo, contrariamente a lo que ha podido escribir un cierto Jacques Luzi en el número 11 de la revista Agone, es sólo cuando los hombres queden liberados de la influencia de las cosas que podrán verdaderamente comunicar, y no simplemente al comunicar que se liberaron de esa influencia
Aquí, bajo un ángulo por cierto parcial, nosotros tocamos una verdad enorme y de la que no contamos que sea reconocida como razonable antes de devenir brutalmente real: no podemos superar el nihilismo sin realizarlo, ni realizarlo sin superarlo. El cruce de la línea no significa nada más que la destrucción general de las cosas en cuanto tales, esto es, en otros términos, la aniquilación de la nada. En efecto, en el momento en que la socialización de la sociedad alcanza su punto de terminación, cada existente se borra ante lo que representa en la totalidad, en la que viene a tomar lugar; materialmente, todo su ser ha sido absorbido por aquello en lo cual participa. No hay entonces nada que no deba ser destruido, ni nadie que pueda obtener la seguridad de estar a salvo, a condición de que forme parte de un orden real, de un Común, que no haya sido concebido más que para separarnos. El momento de la destrucción general de las cosas ha recibido, en la tradición sabbetaica, el nombre de Tiqqun. En este instante, cada cosa es reparada y sustraída del largo encadenamiento de sufrimientos que ha llevado en este mundo. “Todas las subsistencias, todos las tareas que han permitido llegar a él, son de un solo golpe destruidas, se vacían infinitamente como un río en el océano de ese instante ínfimo.” (Bataille, Teoría de la religión) Pero los “perfectos silenciosos” que portan en sí mismos la ruina universal conocen también los caminos que llevan más allá. Jacob Frank, el herético absoluto, se satisfacía de esta verdad a su manera abrupta: “Donde Adán pisó, una ciudad fue construida, pero dondequiera que yo ponga mi pie, todo será destruido. Yo no vine a este mundo más que para destruir y aniquilar, pero lo que yo construya perdurará para siempre.” Otro herético estimaba igualmente, un siglo más tarde, que “aunque se quiera emprender algo, es necesario comenzar por destruir todo”. Que el Tiqqun sea portador de vida o muerte depende de las ilusiones de las que todos y cada uno habrá sabido deshacerse: “Es en la medida en que la consciencia clara prevalezca que los objetos efectivamente destruidos no destruirán a los hombres mismos.” (Bataille) Es cierto que aquellos que no hayan sabido desprenderse de sus reificaciones, aquellos que persistirán en colocar su ser en las cosas, son condenados al mismo aniquilamiento que ellas. Quienquiera que nunca haya vivido una de estas horas de negatividad alegre o melancólica no puede imaginar cómo lo infinito está próximo a la destrucción. Esto de lo que nosotros hablamos no tiene nada de ensueño, acontecimientos iguales han esmaltado la historia, pero han permanecido como curiosidades locales dado que el mundo no está aún unificado en una totalidad sustancial. El ridículo Ortega y Gasset informa así, en La rebelión de las masas, la sobrevenida de una supuesta catástrofe en Níjar, pueblo vecino de Almería, cuando Carlos III fue proclamado rey, el 13 de septiembre de 1759. “Hízose la proclamación en la plaza de la villa. Después mandaron traer de beber a todo aquel gran concurso, el que consumió 77 arrobas de Vino y cuatro pellejos de Aguardiente, cuyos espíritus los calentó en tal forma, que con repetidos vítores se encaminaron al pósito, desde cuyas ventanas arrojaron el trigo que en él había, y 900 reales de sus Arcas. De allí pasaron al Estanco del tabaco y mandaron tirar el dinero de la Mesada y el tabaco. En las tiendas practicaron lo propio, mandando derramar, para más authorizar la función, quantos géneros líquidos y comestibles havía en ellas. El Estado eclesiástico concurrió con igual eficacia, pues a voces indugeron a las Mugeres tiraran quanto havía en sus casas, lo que egecutaron con el mayor desinterés, pues no quedó en ellas pan, trigo, harina, zebada, platos, cazuelas almireces, morteros, ni sillas, quedando dicha villa destruida.” El imbécil concluye, con la amarga ironía: “¡Admirable Níjar! ¡Tuyo es el porvenir!”
Es preciso trabajar para hacer advenir ese porvenir, y apuntar a la realización planetaria de Níjar. Estaríamos disgustados de que una de esas grandes misas universales de las que el Espectáculo es tan ávido, la del año 2000, por ejemplo, no girara un día u otro hacia el desastre. Tantos hombres reunidos por las calles sólo pueden anunciar la toma de nuevas Bastillas. No debe quedar ninguna piedra en pie de este mundo enemigo.

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