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lunes, 25 de agosto de 2014

Arthur Rimbaud - Ofelia



  I
En las aguas profundas que acunan las estrellas, 
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lilio, 
flota tan lentamente, recostada en sus velos... 
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.

Hace ya miles de años que la pálida Ofelia 
pasa, fantasma blanco por el gran río negro; 
más de mil años ya que su suave locura 
murmura su tonada en el aire nocturno.

El viento, cual corola, sus senos acaricia
y despliega, acunado, su velamen azul;
los sauces temblorosos lloran contra sus hombros 
y por su frente en sueños, la espadaña se pliega.

Los rizados nenúfares suspiran a su lado, 
mientra ella despierta, en el dormido aliso, 
un nido del que surge un mínimo temblor... 
y un canto, en oros, cae del cielo misterioso.

 II

¡Oh tristísima Ofelia, bella como la nieve, 
muerta cuando eras niña, llevada por el río!
Y es que los fríos vientos que caen de Noruega 
te habían susurrado la adusta libertad.

Y es que un arcano soplo, al blandir tu melena, 
en tu mente transpuesta metió voces extrañas; 
y es que tu corazón escuchaba el lamento 
de la Naturaleza -son de árboles y noches.

Y es que la voz del mar, como inmenso jadeo 
rompió tu corazón manso y tierno de niña;
y es que un día de abril, un bello infante pálido, 
un loco miserioso, a tus pies se sentó.

Cielo, Amor, Libertad: ¡qué sueño, oh pobre Loca! 
Te fundías en él como nieve en el fuego; 
tus visiones, enormes, ahogaban tu palabra. 
-Y el terrible Infinito espantó tu ojo azul.

   III

Y el poeta nos dice que en la noche estrellada 
vienes a recoger las flores que cortaste,
y que ha visto en el agua, recostada en sus velos, 
a la cándida Ofelia flotar, como un gran lis.

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